Hab�a en Jap�n dos templos cuyos sacerdotes estaban enemistados desde hac�a siglos. Tal era el enfrentamiento entre los dos linajes, que si ambos Maestros se encontraban por la calle, los dos desviaban la mirada. Ten�an a su cargo dos j�venes disc�pulos que les serv�an y hac�an los recados, a cambio de recibir sus ense�anzas, y tem�an, que al ser solo unos chiquillos, un d�a pudieran hacerse amigos al cruzarse en el camino.
De este modo, uno de los sacerdotes previno a su disc�pulo:
-�Esc�chame bien y recuerda lo que voy decirte!: los monjes del otro templo son nuestros enemigos, no hables con ellos, son gente peligrosa. No te f�es de sus palabras ni de sus actos. Ev�talos como si fueran la peste.
Las tajantes palabras del maestro despertaron la curiosidad del muchacho que andaba siempre entre ancianos monjes, escuchando grandes sermones y extra�as escrituras para �l ininteligibles. Sin nadie de su edad con quien jugar ni con quien hablar, la advertencia del Maestro se le antoj� excitante, y sembr� en �l la tentaci�n.
Aquel mismo d�a, el ingenuo monje fue a cruzarse con el joven disc�pulo del supuesto templo enemigo, y no pudo resistirse a preguntarle:
-�ad�nde vas?
El disc�pulo del monasterio rival, aventajado estudiante de las escrituras y gran entusiasta de la filosof�a, le respondi�:
-�ir, dices?. Nadie va ni viene, es s�lo algo que ocurre. S�lo hay un vac�o total.
Hab�a o�do decir muchas veces a su maestro que as� es como vive un Buda, como una hoja muerta que va adonde el viento la lleve. Y el joven monje fil�sofo, a�adi�:
-yo no existo, y si no hay quien vaya, �c�mo puedo ir?. Soy como una hoja en manos del viento y voy adonde el viento me lleve...
El peque�o monje, que no sab�a filosofar, se qued� tan perplejo ante semejante contestaci�n que no supo qu� decir. Sinti� verg�enza de su ignorancia, y pens�:
-Mi maestro ten�a raz�n, s� que son peligrosos y raros estos monjes vecinos, vaya manera de responder a una pregunta tan simple. -De hecho, -sigui� pensando el monje que no sab�a filosofar-, -yo ya s� ad�nde va este engre�do: los dos vamos al mercado. Una respuesta sencilla hubiera sido suficiente.
De regreso en el monasterio, el disc�pulo abrumado y arrepentido de su comportamiento, le confes� a su maestro:
-Lo siento, maestro, perd�nadme. No os hice caso. A pesar de vuestra prohibici�n, me pudo m�s el deseo que la obediencia que os debo. Ser� la primera y la �ltima vez que hablo con esa gente tan peligrosa.
-�Te lo advert�!, -le reprendi� el maestro-, -Sin embargo, ma�ana volver�s a hablar con ese monje, -le dijo con firmeza-. -Le esperar�s en el mismo lugar, y le preguntar�s de nuevo ad�nde va. Cuando empiece a divagar, t� le responder�s con sus mismas palabras. Le dir�s: -Cierto, eres una hoja al viento, yo tambi�n lo soy, pero cuando el viento sopla �ad�nde te lleva?. �Has comprendido bien?, -pregunt� el maestro-. -Haz lo que te digo, y luego ven ante m� y me lo cuentas. Seguro que ese monje no sabr� qu� contestar y le habremos derrotado. Esa gente nunca ha podido vencernos en ning�n debate, y no lo har�n ahora con un simple aprendiz.
Por la ma�ana, el peque�o monje, que no sab�a filosofar, se levant� temprano. Estaba inquieto. No paraba de recrear en su mente c�mo se desarrollar�a la escena. Repet�a una y otra vez lo que deb�a decirle a su adversario. Lleg� al lugar donde se encontrar�an, se sent� a esperar y sigui� repitiendo sin cesar lo que su maestro le hab�a dicho. �sta vez estaba preparado y lograr�a derrotarlo.
Cuando vio venir a su rival, pens�: -ahora ver� ese pedante, le voy a dar su merecido. Una vez estuvo cerca, le volvi� a preguntar de nuevo:
-�Ad�nde vas, monje vecino?. -Esper� su oportunidad para humillarlo, pero fue en vano. El peque�o monje fil�sofo, contest� sencillamente:
-Voy ad�nde me lleven las piernas.
Para gran sorpresa del agraviado monje, que no sab�a filosofar, no hubo menci�n sobre el viento, ni palabra sobre el vac�o y la existencia, y ni rastro de las hojas muertas. �Qu� pod�a hacer ahora?. La respuesta que tan concienzudamente hab�a aprendido de su maestro resultaba absurda, ahora. De nuevo qued� abatido. Se sent�a como un tonto atrapado en su propia estupidez. Volvi� junto a su maestro y le cont� lo sucedido:
-�Ya te hab�a advertido que no hablaras con ellos. Son peligrosos, lo sabemos desde hace siglos. Pero esto no puede quedar as�. De alg�n modo habr� que derrotarles. As� que ma�ana volver�s y le preguntar�s de nuevo...
Y as�, al d�a siguiente se volvi� a repetir la misma escena:
Esta vez el monje fil�sofo, le respondi� amablemente: Voy al mercado a comprar verduras.
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